Rusia no dejará en paz a Ucrania ni en Navidad ni en el año que viene.
Cuando surgió en
el espacio público la idea de declarar una tregua o un alto el fuego por
Navidad, el portavoz del Kremlin, Peskov, descartó de inmediato tal
posibilidad. Afirmó que cualquier cese de las hostilidades sería aprovechado
por Ucrania para reponer fuerzas y lanzar posteriormente nuevos ataques contra
Rusia. No obstante, cualquier alto el fuego podría haber sido igualmente
beneficioso para Rusia, al menos por las mismas razones esgrimidas contra
Ucrania. Además, habría servido como una suerte de confirmación del deseo de
paz que, según Trump, posee Putin, a diferencia de Zelenskyi, quien —en
palabras del propio presidente estadounidense— es el único interesado en
continuar la guerra para prolongar su mandato y seguir recibiendo una ayuda
financiera significativa.
La razón
principal del rechazo a la tregua navideña, según el representante del Kremlin,
es la supuesta búsqueda de una "paz estable" basada en la eliminación
de las causas originarias del conflicto. Estas causas no son el pretexto
esgrimido de proteger a la población rusófona, sino la destrucción de Ucrania
como Estado nacional soberano y la anexión, al menos, de toda su parte oriental
y meridional.
El "plan de
paz de Trump", redactado siguiendo las directrices del Kremlin y promovido
por enviados personales carentes de conocimiento o experiencia en las
cuestiones que motivaron la agresión rusa, está orientado a detener las
acciones militares sin considerar la justicia o la culpabilidad de las partes.
Es evidente que, con este enfoque, lo máximo a lo que se puede aspirar es a
convencer al agresor de que se detenga en lo ya conquistado, lo cual no hace,
sino consolidar una injusticia en favor de la parte más fuerte.
Debido a esto, en
el plan se percibe claramente una apariencia de satisfacción de los objetivos
declarados de la "Operación Militar Especial": asegurar la
"integridad territorial de las repúblicas de Donetsk y Luhansk" y la
"pacificación de Ucrania", concretamente mediante la renuncia a
ingresar en la OTAN y la reducción de sus fuerzas armadas, sumado a un cambio
de régimen político. El plan propone crear una "zona amortiguadora" a
lo largo de la actual línea de contacto, pero exige que las tropas ucranianas
abandonen la parte de la región de Donetsk que aún controlan (actualmente, el
territorio de Luhansk está casi totalmente ocupado por Rusia). De este modo,
Ucrania perdería su principal zona de defensa, mantenida desde el inicio de la
guerra, mientras que Rusia obtendría una plataforma estratégica ventajosa para
desarrollar su agresión en direcciones clave. El hecho de que las restricciones
armamentísticas y la prohibición de adherirse a alianzas defensivas se impongan
a la víctima, y de ninguna manera al agresor, evidencia que el plan favorece a
este último.
En vísperas de
Navidad, el presidente ucraniano Zelenskyi reveló por primera vez ante los
periodistas los detalles del plan de paz marco, discutido por el enviado
especial Witkoff en reuniones separadas con las delegaciones rusa y ucraniana.
Aunque el primer punto, al igual que en la versión inicial, habla de ratificar
la soberanía de Ucrania, en su conjunto se vislumbra una limitación de la
misma. La disposición que limita el ejército ucraniano en tiempos de paz a
800.000 efectivos, sin ninguna restricción análoga para el agresor, deja al
país en una posición de vulnerabilidad frente a un vecino que lo supera varias
veces en capacidad. Las "fiables" garantías de seguridad carecen de
contenido real; sin embargo, se estipula de antemano su anulación total en caso
de que Ucrania "ataque" a Rusia. Aún no hay una resolución sobre la
agresión actual de Rusia contra Ucrania, pero ya se consideran medidas en caso
de un ataque ucraniano. Para estos negociadores estadounidenses de corta
visión, cualquier intento de liberar los territorios ocupados y restaurar la
soberanía propia podría ser considerado como tal.
Incluso el
proyecto revisado por Zelenskyi
no contempla obligaciones claras para el agresor. En él se menciona que el
compromiso de Rusia de no agredir a Ucrania debe quedar jurídicamente sellado
mediante leyes y la ratificación de la Duma Estatal. Una vez más, se habla de
un futuro hipotético sin resolver el conflicto actual, el cual, por cierto, los
legisladores rusos no consideran ni guerra ni agresión. Tampoco resultan
convincentes las otras dos menciones a las obligaciones de Rusia: no intentar
alterar por la fuerza la delimitación territorial acordada y no obstaculizar el
uso por parte de Ucrania del río Dniéper y del mar Negro.
La disposición
sobre la confirmación del estatus neutral de Ucrania como Estado sin armas
nucleares supone una limitación de su soberanía en favor de Rusia y un retorno
al Memorándum de Budapest, según el cual los garantes de la seguridad de
Ucrania eran tanto EE. UU. como Rusia, algo que no impidió en absoluto la
invasión rusa.
Tras la firma del
acuerdo de paz, Ucrania debería celebrar elecciones de inmediato: primero
presidenciales, y luego parlamentarias y municipales. Esta exigencia coincide
con los deseos de Moscú de cambiar el régimen político en Ucrania, contando con
el respaldo de Washington bajo el pretexto de una supuesta preocupación por el
"déficit democrático" en un país que sufre un ataque militar masivo.
Esto hace que la celebración de comicios sea más que problemática, al igual que
sus posibles resultados. Al mismo tiempo, ni siquiera se propone una mirada
crítica a la democracia en el país agresor, liderado durante un cuarto de siglo
por la misma persona que inició una guerra, en esencia, contra la democracia
europea.
La cláusula sobre
el cumplimiento de las normas de la Unión Europea en materia de tolerancia
religiosa y protección de las lenguas minoritarias se aplica exclusivamente a
Ucrania, a pesar de que en Rusia la persecución por motivos religiosos y
nacionales es alarmante. Con total justicia, una figura británica comparó el
plan de paz de Trump con un nuevo Tratado de Versalles, en el que se castiga no
al instigador de la guerra, sino a su víctima.
Europa se
encuentra en una situación extraña. No puede dejar de ayudar a Ucrania porque,
en caso de una derrota ucraniana, surgiría una amenaza directa no solo para la
seguridad del continente, sino para la democracia europea en su conjunto. Las
fuerzas de extrema derecha especulan activamente con las dificultades derivadas
de la ayuda a Ucrania y la aplicación de sanciones contra la Rusia de Putin.
Esta última les presta un apoyo activo, aprovechando la simpatía que el actual
inquilino de la Casa Blanca siente por los radicales de derecha.
El sistema de
seguridad actual en Europa descansa totalmente sobre la Alianza Atlántica,
donde Washington lleva el mando. En su guerra contra Ucrania, Rusia amenaza de
forma abierta a Europa, pero Washington, al buscar acuerdos que satisfagan a
Moscú, claramente no está del lado de Ucrania ni, por extensión, de Europa. En
esta coyuntura, Europa intenta desesperadamente un ejercicio de equilibrismo
para evitar la derrota de Ucrania sin entrar en conflicto con Trump ni en una
confrontación directa con Putin.
La concesión a
Ucrania por parte de Europa de un crédito sin intereses de 90.000 millones de
euros supone una ayuda considerable que permitirá mantener las posiciones un
año o dos más. No obstante, esto implica una carga adicional para la UE, lo
cual beneficia al agresor. Además, como es habitual, en esta medida se ha
mantenido una cautela hipertrofiada hacia Rusia que resultó en una concesión de
hecho a Putin. Inicialmente, se preveía utilizar los activos rusos congelados
para el crédito, pero ante las amenazas a sus tenedores europeos, se decidió
emplear fondos propios. La devolución del préstamo correría a cargo de Ucrania
mediante las reparaciones de guerra que Rusia debería pagar, pero esto solo
ocurriría en caso de una derrota del agresor, algo que por ahora no parece
estar cerca.
La guerra de
desgaste que se libra actualmente en Ucrania podría llevar al agotamiento de
los recursos de Rusia. Su potencial no es infinito, aunque no existen datos
ciertos sobre cuánto tiempo más podrá sostenerse. Sin duda, supera con creces
al ucraniano si Ucrania se queda sola. Por ello, Rusia trabaja para fracturar
el frente proucraniano mientras, de forma irresponsable, expande el frente de
su agresión invadiendo nuevos territorios que "oficialmente" no
reclama, intentando crear la falsa convicción de que, si se le permite acabar
con Ucrania, no amenazará a nadie más.
En esencia, los
acontecimientos se desarrollan siguiendo un patrón invariable: las medidas
contra el agresor se adoptan con mucha cautela para no provocar al invasor
envalentonado a una mayor escalada. A su vez, este, sintiendo que le temen,
avanza para aumentar su botín, sin tener en cuenta la vida de sus rehenes.
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