Operaciones militares especiales de Trump y Putin
El presidente de
Ucrania, Volodímir Zelenskyi, valoró mucho el ataque de EE. UU. a Venezuela y
el arresto del jefe de Estado Nicolás Maduro como un ejemplo de cómo hay que
tratar a los «dictadores»: si se puede hacer eso con los dictadores, Estados
Unidos sabe entonces qué hacer, dijo. Los presentes en la rueda de prensa se
rieron con aprobación, deseando creer que el tío americano daría una lección al
descarado gobernante del Kremlin. Sin embargo, la realidad no coincide en
absoluto con esta nueva declaración inapropiada del infortunado jefe de Estado,
que ha llegado a una situación cuando se pone en duda la propia sobrevivencia del
país debido a su irresponsable intento de gobernar bajo el lema «Servidor del
pueblo».
La operación
militar de Estados Unidos en Venezuela no tenía nada que ver con derrocar una dictadura,
sino con devolver a las empresas estadounidenses el control sobre los recursos
naturales, usando de pretexto la acusación contra Maduro de tener vínculos con
el narcotráfico (ni siquiera se trataba de destruirlo como tal). Por cierto,
Trump no considera a Putin en absoluto un dictador. No obstante, este lleva más
de 25 años en el poder, al presidente estadounidense le preocupa más el hecho
de que Zelenskyi permanezca «antidemocráticamente» en su cargo, debido a la
imposibilidad de celebrar elecciones mientras está en vigencia la ley marcial.
Por decirlo
suavemente, la actitud asimétrica del presidente estadounidense hacia las
partes en la guerra de Ucrania, una guerra a la que supuestamente está tratando
de poner fin, se inclina cada vez más a favor de Moscú, aunque sea porque le
parece posible negociar solo con un gobernante fuerte. Es evidente que no se
trata de Zelenskyi, quien, según Trump, no tiene cartas que jugar. El
presidente norteamericano ni siquiera «se dio cuenta» de que, ante la propuesta
de un alto el fuego navideño, Moscú respondió con ataques aéreos a gran escala
contra ciudades ucranianas, que fueron de los más potentes realizados en los
últimos tiempos, y cuyos objetivos no eran solo infraestructuras, sino también
viviendas y centros médicos. Sin embargo, se «enfadó mucho» inmediatamente
cuando Putin le informó del ataque no confirmado de supuestos drones ucranianos
contra la residencia de Valdái.
La actitud
despectiva de Trump hacia Ucrania se entiende mejor si recordamos su primer
impeachment de 2019, también relacionado con la presión sobre Ucrania. Durante
la investigación en el Congreso se reveló que desde la parte rusa se "dejaba
notar con mucha fuerza" el deseo de un arreglo según el cual Rusia dejaría
de apoyar al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela a cambio de que Estados
Unidos abandonara su apoyo a Ucrania o se retirara de lo que Rusia considera su
esfera de influencia. La lógica de los rusos se basaba en la Doctrina Monroe: si
EE.UU. quería a los rusos fuera de su patio trasero [Venezuela]... ellos tenían
su propia versión de esto: no querían ver a estadounidenses “en su propio patio
trasero, es decir en Ucrania".
Parece que el
“switch Venezuela-Ucrania” mencionado durante la investigación en el Congreso
en 2019 se ha producido ahora. Mientras los negociadores sin rango (el amigo
Witkoff y el yerno Kushner) escuchaban las condiciones del Kremlin para
terminar la guerra en Ucrania, paralelamente se firmaba un Tratado de
Asociación Estratégica y Cooperación Venezuela-Rusia, que entró en vigor en
octubre. En diciembre, el presidente ruso reafirmó a Maduro telefónicamente su
"solidaridad inquebrantable" frente a la presión de Washington. Sin
embargo, frente a la agresión perpetrada ahora, las promesas de
"apoyo" se han quedado en el papel y Moscú se limitó a expresar una condena diplomática, sin tomar ninguna medida
para impedir la extracción de Maduro o para liberarlo.
De manera
similar, es decir, sin influir de manera alguna sobre la agresión rusa, se
están llevando a cabo medidas estadounidenses para poner fin a la guerra contra
Ucrania: por parte de los Estados Unidos, las negociaciones ni siquiera las
llevan a cabo funcionarios estatales, y la aceptación de la absurda condición
rusa de «primero un acuerdo de paz duradero y luego un alto el fuego» significa
que, como se ve, el agresor puede seguir librando la guerra, en la medida de
sus fuerzas, sin obstáculos por parte de Estados Unidos. El resultado es
evidente, aunque tal vez no haya habido un acuerdo explícito: la Federación
Rusa y los Estados Unidos no se estorbarán mutuamente en el establecimiento del
«orden» en sus propios territorios, sin tener en cuenta la soberanía de los más
débiles. El derecho internacional, ya pisoteado por la fuerza militar rusa, es
ninguneado ahora por los Estados Unidos y los mecanismos de seguridad creados
tras la Segunda Guerra Mundial han resultado ineficaces.
La nueva guerra
imperialista por el reparto del mundo ya está en marcha. Rusia la libra con
métodos antiguos y brutales, paralizando por el terror a todos los que creían
que algo así era imposible. Aprovechando las consecuencias de este terror,
Trump está logrando sus objetivos «con poco derramamiento de sangre», por
ejemplo, en Venezuela, pero advierte que la fuerza militar puede utilizarse
incluso contra un aliado de la OTAN, como es Dinamarca. La paradoja es que
Putin recurre a teorías confusas sobre «un solo pueblo», «opresión
lingüística», etc., para justificar su agresión, mientras que Trump simplemente
afirma que Groenlandia debe formar parte de los Estados Unidos porque
ello redundaría en beneficio de su seguridad.
Un mismo terror
mueve a los países europeos, que no quieren creer que Trump haya renunciado de
verdad a participar en la seguridad europea. Esto quedó claro otra vez en la
cumbre de la «Coalición de los Dispuestos» (Coalition of the Willing) el 6 de
enero de 2026 en París. La declaración sobre garantías de seguridad multicapa
firmada por Zelensky, Macron y Starmer no es más que un protocolo de
intenciones para que Gran Bretaña y Francia puedan crear en territorio
ucraniano centros militares y objetos protegidos para el mantenimiento de la
técnica, desplegar fuerzas multinacionales (con un número limitado de entre 15
000 y 30 000 personas) que no participarán en los combates, pero que se
convertirán en «escudo humano» en la línea de demarcación, y organizar por
parte de Estados Unidos (que no firmó el documento) un sistema de verificación
del alto el fuego. Las intenciones se materializarán tras el cese de los
combates, pero por el momento no se vislumbra tal cese. Justamente, al mismo
tiempo que se firmaban los documentos en París, Rusia continuaba intensificando
sus ataques contra la energía y las ciudades civiles.
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